Santiago Font en el gabinete de las maravillas

È del poeta il fin la meraviglia
Giambattista Marino (1569-1625)

Casas / enfiladas, casas enfiladas, / casas enfiladas. Cuadrados, cuadrados/ cuadrados./ Casas enfiladas./ Las gentes ya tienen el alma/ cuadrada,/ideas en fila /y ángulo en la espalda./ Yo misma he vertido ayer una lágrima, / Dios mío, cuadrada.
Alfonsina Storni (1892-1938)

Las tendencias más jansenistas de la vanguardia histórica procedieron por un despojamiento de todo lo que, partiendo de la pintura académica, se consideraba accidental: contenidos narrativos, históricos, alegóricos, simbólicos, descriptivos…
Por este camino, se llegó a una ascesis que eliminó la búsqueda de profundidad para reafirmar la bidimensionalidad del cuadro: “Se rappeler qu’un tableau, avant d’être un cheval de bataille, une femme nue ou une quelconque anecdote, est essentiellement une surface plane recouverte de couleurs en un certain ordre assemblées”. (Maurice Denis, 1870-1943).
Luego, desde la experiencia cubista, negadora del punto de vista único, se abolió la perspectiva, indiscutida desde el Renacimiento. Finalmente, los abstractos acabaron por abandonar la figuración para crear una especie de música visual, no una reproducción del mundo, sino un objeto que se añade a él.
La última fase de este proceso consistiría en suprimir incluso la existencia de ese objeto, para dejar el arte reducido a un mero concepto (Duchamp & Co). Por este camino tan exigente y restrictivo quedaron fuera del sistema muchos de los atributos que hacen fascinante buena parte del arte del pasado, tanto para los expertos como para el gran público.

Santiago Font ha armado su obra con los restos dispersos e inconexos de este colosal naufragio. Busca la sorpresa, la paradoja, el trampantojo, el humor crítico, la metamorfosis…
Santiago hubiera sido muy bien recibido en la Wunderkammer o gabinete de las maravillas del castillo de Praga en tiempos del emperador Rodolfo II, que reunía objetos curiosos de todo el mundo junto con la obra de alquimistas, astrólogos, constructores de autómatas y pintores extravagantes y ambiguos como Arcimboldo.

En los retratos, Santiago Font desearía incorporar el alma de los modelos, a través de la captación profunda de la mirada y el gesto. Los peces abisales desfilan ordenadamente como modelos en una pasarela; los paisajes urbanos, a la manera de los “Caprichos” de Piranesi, extrapolan entornos inconexos – Calle Mayor de Palencia devenida en Venecia o en costa cantábrica- u objetos cotidianos que, mediante una rima visual, se transforman para adquirir otra significación – abrelatas de el explorador español convertido en escualo, sacacorchos que evoca un gimnasta, bodegones que recuerdan lúdicamente los modelos insuperables de Sánchez Cotán-, reflejos rebeldes que no siguen las leyes de la óptica – torre de San Miguel que se niega a invertirse en el río, o la lectora de Poe que se repite en el espejo desafiando la simetría, como en la obra de Magritte-, la apisonadora que levita y la ballena voladora. O los objetos travestidos como personajes de teatro: botella-tuareg, frascas y recipientes seriados evocadores de una singular feria sevillana…

El último paso en la sorpresa es la incorporación del movimiento en objetos, incluso destinados a permanecer inmóviles, como el maniquí de Bellas Artes, u otros juguetes intelectuales, cuyo abolengo literario puede encontrarse, desde el caballo volador de las Mil y Una Noches al Hombre de Palo de Juanelo Turriano o la bailarina mecánica que enamoró a Hoffmann en uno de sus más célebres relatos.
En estos artilugios provocadores, las órbitas de los planetas pueden ser cuadradas, o centradas en el dinero y el sexo; el velero permanece inmóvil mientras el marco fluctúa. La “bouteille ivre” rememora el barco de Rimbaud, y el caballo “ Ostinatto” desdice su condición de modelo de madera destinado a la inmovilidad. O la maniquí ciclista, activada por su máquina.
A diferencia de los mecanismos convencionales, irremediablemente cíclicos y repetitivos, estos ‘serious toys’ incorporan, en ocasiones, un elemento caótico o aleatorio, impredecible como nuestras vidas.
La lágrima cuadrada de Alfonsina o la ‘meraviglia’ de Marino señalan una ruta por la que Santiago Font sigue encontrando pecios que rescatar.

Francisco de la Plaza, Catedrático de Historia del Arte. Universidad de Valladolid, 2018.

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